Reportajes

“Verraco es el que recorre, verraco es el que se queda en Guayaquil”

Esta historia no es la mía. No lo es porque “la máquina demoledora del progreso” quiso que así fuera. Yo me circunscribo en el mundo del hombre moderno desprovisto de tiempo que avizoró Nietzsche. Él, al contrario, puede hacer un alto en el camino para deshacer sus pasos sin tenerse que trasladar de lugar, aunque en apariencia y en esencia todo esté tan distinto. Mi recorrido se reduce a la visita de unos lugares ajenos a mí: una deslumbrante biblioteca, un moderno centro comercial llamado Gran Plaza, unos ‘bonitos y homogéneos’ edificios administrativos en medio de unas “luces” deslucidas y una restaurada estación de tren, la principal del glorioso y extinto Ferrocarril de Antioquia.

Rieles del antiguo Ferrocarril, Cisneros.  Foto: Mitchell Alberto Restrepo.

Rieles del antiguo Ferrocarril, Cisneros.
Foto: Mitchell Alberto Restrepo.

Nada me vincula a estos sitios. Para él también son ajenos, pero no por lo que fueron sino por lo que son ahora: “Ni la sombra de su Medellín de antaño”. ¿Sus vínculos con estos lugares? Todos. La vida se ha encargado de que su patria –aquella que la Real Academia Española define escuetamente como la “tierra natal o adoptiva a la que se siente ligado el ser humano por vínculos jurídicos, históricos y afectivos”– se limite, y se extralimite, al espacio comprendido entre su lugar de residencia desde hace 75 años -el barrio El Salvador- y su lugar de trabajo y de “maliciosas e inolvidables” experiencias, el añorado Guayaquil hasta los años 70, y que ahora comprende el Centro Administrativo La Alpujarra.

Esta historia no es la mía y -si lo llegué a pretender- aquí termina. No porque no lo quiera, sino porque mi viaje en tren hacia el pasado a bordo de la hermosa locomotora 25 que aún queda con vida, va timoneado por él, Octavio Loaiza, el dueño de los recuerdos, de las anécdotas, el testigo de toda la vida que vio correr Guayaquil y de todo lo que se fue con él.

Primera estación: Los viajes y La Bayadera

“Esta estación principal del Ferrocarril de Antioquia, donde ahora estamos, ya no existe. Y no existe porque no tiene vida, como antes. Da mucha nostalgia estar acá sentado porque yo era de los que más paseaba. Barbosa y el Hatillo eran destinos fijos, casi cada ocho días íbamos a los charcos a hacer sancochos, con los equipos de fútbol, pero más que todo con los amigos y amigas del barrio”. Hasta un viaje de 24 horas se aguantó Octavio a bordo de una imponente locomotora a vapor para buscar suerte en Cali y hacerse “hombre”, como se decía en aquella época. Otro recorrido no menos pesado y extenso que hizo en este medio de transporte fue para prestar su servicio militar en Popayán y otro igual para conocer Santa Marta. La estación Medellín era su punto de partida, pero especialmente su punto de llegada.

Rieles del antiguo Ferrocarril, Cisneros.  Foto: Mitchell Alberto Restrepo.

Rieles del antiguo Ferrocarril, Hatillo.
Foto: Mitchell Alberto Restrepo.

“Atrás, donde ahora está el Centro Administrativo –mi lugar de trabajo-, estaban unas mangas inmensas. Se llamaba La Bayadera, donde todos los muchachos de Medellín bajábamos a entrenar fútbol. El domingo se llenaba de gente, jugando partidos y haciendo ‘comilonas’… Recuerdo también que muchas veces veníamos por las mañanas y encontrábamos en los rieles gente muerta que se le había puesto al tren, se tiraban en estos rieles y los encontraba uno despedazados. Nosotros no hacíamos nada, llamábamos a las autoridades a que recogieran los pedazos”. Lo que fue La Bayadera, según una crónica de Byron White guiada por el arquitecto Rafael Ortiz llamada En cuclillas cazando grillos nació el Medallo en Carabobo, se puede resumir en un conjunto de “casitas-prostíbulos, cafetines para bailar el son porteño y campo de entrenamiento del Deportivo Independiente Medellín”.

Esta es la primera parada en los recuerdos de don Octavio, su niñez y el comienzo de su juventud en medio de amigos y de grandes mangas y pantanos. Aunque para probar ‘finura’, porque “verraco es el que recorre”, viajó a Cali con tan solo 12 años a cambiar sus juegos de domingo por trabajo en una fábrica de calzado. “En esa época, a todos los muchachos nos decían que si queríamos ser hombres verracos, teníamos que salir a recorrer, a aguantar hambre, a vivir en la calle. La cuestión es que el pasaje valía 7 pesos y yo tenía 7 pesos con 20 centavos. No comí nada en el camino y llegué con los 20 centavos. Empecé a sufrir hasta que conseguí trabajo y pude probar finura”.

Segunda estación: Guayaquil, entre el cielo y el infierno

Con un poco más de experiencia, por lo menos en lo que llaman la “vida laboral”, Octavio regresó a Medellín, una ciudad que para él -como para muchos otros de su generación- se redujo a Guayaquil. “Allá al frente, donde está el Parque de las Luces, era la Plaza de Mercado. Luego quedaba una calle que era toda empedrada, por eso se llamó más tarde El Pedrero. Donde está la Biblioteca [Temática de EPM] era el Pasaje Sucre. Allí también se vendían mercados, pero la plaza principal de Medellín era la de Guayaquil”.

El trabajo que Octavio se consiguió recién llegó de Cali fue también en una zapatería: la “Ago”. Quedaba justo al frente de la Plaza de Mercado de Cisneros. Sin esta labor no le habría sido tan fácil ingresar y permanecer un buen tiempo en las dinámicas -tan atractivas y prohibidas- que para su edad le presentaba este sector de la ciudad. Y lo anterior no es una malintencionada reducción. Aquel verdadero “Puerto Seco” y sus alrededores agrupaban tanta diversidad, tanta bohemia, tanto comercio, tanta industria, tanto asomo de progreso, tanto mundo y tanta vida, que no era de extrañar que su “universalidad” justificara la sinécdoque de tomar ese afamado y vibrante barrio por la ciudad misma.

A Octavio, a diferencia de lo que cuentan muchos, no lo llevó a Guayaquil su papá a perder su virginidad. De hecho, sus padres se mencionan poco en su relato. Esta faceta de su vida se gestó por el concurso de un amigo. “Él fue quien me trajo y le dijo a una muchacha que yo era virgo, para que me tratara bien y me atendiera. Recuerdo que ella me dijo que era santandereana, así que no pretendiera jugar con ella porque los santandereanos eran muy verracos. Ahí, en Guayaquil, fue donde perdí la virginidad”.

Estación Medellín del Ferrocarril de Antioquia.

Estación Medellín del Ferrocarril de Antioquia. Foto: Mitchell Alberto Restrepo.

Estación Medellín del Ferrocarril de Antioquia.
Foto: Mitchell Alberto Restrepo.

Su amigo fue el que pagó. Tres pesos fue la tarifa que le cobraron por enseñarle a hacer el amor. Era la primera mujer que veía desnuda con tan sólo 16 años. “Yo no sabía ni la posición para hacerlo. Ella me cogió y me montó encima”. La santandereana le doblaba la edad y, Octavio, como muchos de sus amigos, aprendió de esta forma lo que todas las “mujeres malas de Guayaquil” tenían para enseñarles. “Mujeres malas porque vulgarmente eran las vagabundas. Se reunían todas y llamaban a los hombres con insistencia: “Vengan, ¿van de afán?”. Y que esto y que lo otro. Uno las encontraba por ahí en esos hoteles rebuscándose la platica… Luego fue todo más distinto cuando el Gobierno de acá las recogió a todas y las mandó para el Barrio Antioquia, hasta allá había que ir a buscarlas”.

Era tanta la vida que había en Guayaquil, que una de sus calles –la que hoy es la carrera Bolívar- se llamaba la Calle de los Tambores. “Allá íbamos a beber aguardiente parejo, con un detalle muy especial: en todo café había batería para acompañar al piano y todo el mundo bailaba”. Y es que para ser varón uno tenía que tomar en Guayaquil, aunque además de la “burundanga” que los visitantes buscaban obtener con las prostitutas del sector, estaban también los conocidos como los “afeminados”, valga decir, hombres mayores que se encargaban de poner a tambalear la virilidad que los aprendices de macho tanto se esforzaban en afirmar y cultivar.

Los “afeminados” tenían la misma fórmula para la consecución de sus fines: invitar a los jovencitos a trago, emborracharlos y llevarlos luego a una pieza. “Uno joven es muy curioso, quiere conocer de todo. Ellos nos daban mucho trago y, como a esa edad uno se emborracha tan ligero, abusaban fácilmente. ‘Esto ya está arreglado, andate vos con éste, ay sí, andate vos con éste…’. ¡Con ese habladito! Y nos llevaban a un hotel aquí cerca. A mí me pasó el cacharro, una sola vez, yo no volví a dar lora… Me pareció muy horrible, ¡muy, muy horrible…ay, no, no, no…! Porque imagínese un hombre haciendo el amor con otro hombre, imagínese, ¡horrible! Y todo por pegajoso, por que me brillaban los ojos cuando me ofrecían aguardiente gratis. Ese era el gancho para luego decirle a uno: ‘Venga, pues, mijito, venga yo lo llevo allí que le voy a dar cena allá arriba’. Y uno todo prendido: ‘Hágale, vamos, vamos’. A mí me tocó una vez y a muchos les tocó también, pero a mí por lo menos me sirvió de experiencia para saber cómo portarme la próxima que bajara por acá, ya más prevenido”.

Tercera estación: Guayaquil visto con los ojos de la ley

Prevenidas también tenían que estar las señoras que iban a mercar a la Plaza de Guayaquil. Después de que su ingreso al Ejército le hizo “sentar cabeza” y de presentarse a la Policía, Octavio tuvo que continuar ligado a Guayaquil, pero ahora desde la seguridad. “Recuerdo mucho ladrón. Ellos se ofrecían a sacar los mercados a las señoras que llegaban y siempre decían: “Recojo, recojo, recojo”. Entonces recibían las canastas y efectivamente se ponían a recoger mientras la señora iba comprando. Era normal que se perdieran con las canastas, que se robaran los mercaditos. A mí me tocó proceder mucho en esa zona porque fue siempre mi sector, incluso cuando ya mi labor como comandante de los servicios especiales consistía tan sólo en designar personal para los juzgados. Desde la mañana ya estaba casi libre, para venirme para Guayaquil”.

Rieles antiguo Ferrocarril, Santiago. Foto: Mitchell Alberto Restrepo

Rieles antiguo Ferrocarril, Santiago. Foto: Mitchell Alberto Restrepo

Y aunque la intención del adinerado ciudadano de Medellín, Carlos Coriolano Amador, cuando intentó crear a finales del siglo XIX un sector exclusivo para los estratos altos diseñado, entre otros por el arquitecto francés Charles Emile Carré, nunca fue tener en el lugar una plaza de mercado popular, la misma dinámica inherente a lo que muchos nombraron “el Puerto Seco”, se encargó finalmente de darle otro destino a su ambicioso –y, a la par, vanidoso y excluyente- proyecto urbanístico. Como lo describe Alberto Uribe Vallejo, fue la misma senda comercial la que forjó a Guayaquil, atrayendo, simultáneamente, “a una fauna humana de las más disímiles características, que va desde la más humilde vivandera que ‘menudea’ las yerbas que condimentan los platos del diario yantar, pasando por los negociantes y acaparadores del ‘alto turmequé’ de la opípara ‘canasta familiar’, hasta llegar a los hampones, atracadores y bolsilleros que andaban en busca de una víctima desprevenida, para practicar su ‘oficio’ de escaperos de prendas o de dineros, que ese prójimo desvalijado, había tenido que sudar en largas vigilias de ímprobo trabajo”.

Don Octavio confirma esta apreciación que él vivió de primera mano. “Estaba lo más malo de Medellín aquí en Guayaquil. Se reunían todas las mujeres malas, los ladrones, los afeminados, desde mi juventud fue así. Y más se acabó cuando lo del primer y segundo incendio de la Plaza, porque ya las ventas se fueron acabando para los señores de las cantinas, ya la gente casi no bajaba a tomar por acá”. Así, el centro de todos los oficios, comenzó a morirse después de los 60. “De populoso fue pasando a basurero”, según los relatos de la periodista Adriana Mejía. “Los buses intermunicipales fueron trasladados a la terminal del Barrio Caribe, se empezaron a abrir plazas satélites en diversos puntos de la ciudad, se fue el tren… hasta que se vino lo peor: el 30 de junio del 77, amaneció prendido. Que una veladora, que un corto, que una mano criminal… lo cierto es que con el incendio de la Plaza y los posteriores traslados de los depósitos a la Mayorista y de El Pedrero a la Minorista (el 12 de agosto del 84, a las doce del día), se descompensó el equilibrio entre Guayaquil y la ciudad”.

Cuarta estación: El presente

El viaje está próximo a acabarse. Lo particular de la historia de Octavio Loaiza es que ha tenido que desplazarse en el tiempo y no en el espacio. La locomotora, en la que tantos años se transportó para sus paseos, no tuvo que encenderse, además no había nadie que lo hiciera, solo la fuerza de sus recuerdos. Después de 26 años de trabajo como policía en lo que fue el sector de Guayaquil, Octavio supo que no podía quedarse quieto, esperando cada mes una reducida pensión. Por eso no ha parado de trabajar. Esos 38 años de jubilado le han conferido la admiración de sus ocho hijos, quienes le han insistido que deje de hacerlo ya. Ahora es el presidente de una cooperativa de jubilados de los juzgados. No trabaja en La Bayadera, ni en la Estación Medellín, ni en Guayaquil, ni en El Pedrero. Hoy lo hace de lunes a viernes en el Centro Administrativo La Alpujarra, recorriendo de su casa al trabajo –aunque todo ya está muy distinto- casi el mismo camino que recorría en el pasado. Por eso, para Octavio Loaiza, “deshacer sus pasos” es quedarse en Guayaquil, en el mismo punto donde nació, creció y murió “un poco de la historia existencial de casi una centuria de esta nuestra querida Medellín”.

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