Reflexiones del oficio

El reportaje. “Para salvar las cosas del caos”

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Cuando Antón Chéjov viajó por primera vez en 1890 a la isla de Sajalín en el extremo occidental de Siberia, no se imaginaba que lo que comenzó siendo su proyecto de tesis doctoral de medicina terminaría convertido -cinco años más tarde-, en el primer reportaje de la historia sobre una colonia penal. Las encuestas y las estadísticas le resultaron insuficientes para conocer y entender la precaria realidad de los hombres y mujeres, libres o prisioneros, que encarnaban el problema carcelario de una de las islas más grandes del mundo.

Tan solo cuando comenzó a describir lo “extraño” que se sentía en Sajalín y a contar el viaje consignando sensaciones, sonidos, olores, conversaciones, paisajes e imágenes, pudo decir todo lo que quería. Piero Brunello, editor de Unos buenos zapatos y un cuaderno de notas de Antón Chéjov (2004), asegura que “quien lee el reportaje de Sajalín se siente guiado al infierno por un individuo común, no por un ser omnisciente; por un hombre ingenuo que acepta las invitaciones a comer, va de pesca, escucha discursos por la calle, está dispuesto a creer al prójimo, observa con honradez y sin prejuicios, verifica las noticias y cuenta lo que ve” (p.10).

Describir lo que sentía y vivía en Sajalín le hizo ver las cosas más fáciles y claras a Chéjov, la impresión de que con su texto “quería dar una lección a alguien y al mismo tiempo parecía que escondía algo, que no decía todo lo que quería” desapareció, y fue en ese momento cuando pudo comenzar a escribir. La descripción le permitió a Chéjov lo que el sociólogo francés Michel Maffesoli (1997) definiría en su texto Elogio de la razón sensible, como “ser respetuoso con la realidad social” y “acompañar más que someter a una realidad compleja y abierta”.

Maffesoli (1997) reivindica y reafirma a la descripción como un valioso camino para acercarse al conocimiento, “una buena manera de captar en profundidad lo que hace la especificidad de un grupo social” (p. 164). Chéjov, sin duda, pudo con sus numerosas descripciones penetrar y reflejar la cotidianidad de Sajalín, pero su reportaje no tendría el valor que hoy se le otorga si se hubiese limitado a relatar el acontecer de la isla y estuviese desprovisto de sus valiosas y pertinentes interpretaciones.

Un reportaje no puede limitarse a la descripción de lo que se observa, es un relato que obedece a la reconstrucción detallada de un hecho, historia o proceso que representa un momento de cambio o de transición, donde la interpretación o mirada del autor juega un papel fundamental. La conjunción entre una investigación rigurosa, el encuentro dialogado con el Otro y el empleo de un lenguaje creativo le otorga al reportaje una dimensión intelectual, emotiva y estética de la que no puede prescindir.

“Reportear es irse a la vida”, dice desde su experiencia la periodista mexicana Alma Guillermoprieto, y la vida, es compleja, contradictoria y su única constante es el cambio. “Todos los reportajes, por largos que sean, hablan de un momento de cambio o de transición. No hay un solo artículo que no agarre un momento de cambio en el país. Nuestra pauta es el tiempo, el tiempo es movimiento y el movimiento es cambio” (Guillermoprieto, 1996, p.59).

El famoso y experimentado periodista de guerra, Ryszard Kapuscinski -respondiendo convencido a la pregunta sobre el trabajo periodístico- coincide con Guillermoprieto en que este “consiste en investigar y describir el mundo contemporáneo, que está en un cambio continuo, profundo, dinámico y revolucionario” (Kapuscinski, 2002, p. 33).

Al momento de llegar a Afganistán, el 2 de septiembre de 2002, la colombiana Natalia Aguirre Simerman comenzó a afrontar visibles transformaciones en su apariencia física y en sus concepciones sobre la vida y la manera de relacionarse con los demás. Su misión como médica ginecóloga y ginecobstetra en un país machista, inmerso en una guerra sin final, se convirtió para ella en un reto que desbordó lo profesional; la vida en una nación culturalmente tan distinta, pero con una situación social tan similar a la colombiana no fue fácil de llevar, pero describirlo en los correos electrónicos que intercambió con su familia sí que lo fue.

Para Natalia, narrar sus 300 días en Afganistán consistió en consignar lo observado y lo vivido; para aquel que desee relatar el momento de cambio o de transición de una sociedad o de un personaje en particular, la tarea siempre consistirá en acercarse al Otro para poder juzgar, como lo descubrió el fundador de la antropología social británica Bronislaw Malinowski, después de viajar en 1914 a las islas del pacífico para encontrarse con ese Otro “de carne y hueso que pertenece a otra raza, que tiene una fe y un sistema de valores diferentes, que tiene sus propias costumbres y tradiciones, su propia cultura” (Kapuscinski, 2007, p. 19).

En Unos pasos hacia una pequeña teoría de lo visible, John Berger, el reputado pintor y escritor londinense, expresa que “el impulso de pintar no procede de la observación ni tampoco del alma (que probablemente es ciega), sino de un encuentro: el encuentro entre el pintor y el modelo; aunque éste sea una montaña o un estante de medicinas” (2004, p. 21). Las sabias palabras de Berger pueden extenderse al acto de la escritura, en el que se da un encuentro de interdependencia entre el observador y lo observado, entre el periodista y el entrevistado.

Ese encuentro con el Otro, propio del oficio periodístico, es definido por la cronista colombiana Patricia Nieto (2007) como “un encuentro solidario, amoroso entre dos seres iguales en el lenguaje” (p.5). Citando a Kapuscinski, Nieto es reiterativa en la necesidad de fomentar un sentiento de empatía con ese Otro: “tenemos que tratar de estar un cien por ciento dentro del medio al que nos enviaron, porque para entender algo de otras culturas hay que tratar de vivirlas. Un reportero debe estar entre la gente sobre la cual va a escribir. La mayoría de los habitantes del mundo viven en condiciones muy duras y terribles, y si no las compartimos no tenemos derecho –según mi moral y mi filosofía, al menos– a escribir” (2007, p. 5).

Para Chéjov (2004) la “grandísima pobreza de hechos y la gran riqueza de razonamientos de todo tipo” (p.29-30) que había sobre su país, era lo que impedía dimensionar la situación de Sajalín; en consecuencia con ese sentimiento de reclamo, su escritura solo emergió en el momento en que a través de sus censos pudo entrar en las viviendas, en los cuarteles y en las cárceles de los habitantes de la isla.

Leopoldo, el protagonista del cuento de Augusto Monterroso (1994), a pesar de huírle todo el tiempo a la escritura, tenía muy claro que estaba bien “leer mucho, estudiar con ahínco […], pero observar a las personas le sirve más a un escritor que la lectura de los mejores libros. El autor que se olvide de esto está perdido. La cantina, la calle, las oficinas públicas, rebosan de estímulos literarios” (p. 55-56).

“El buen cazador o el pescador curtido es aquel que conoce con precisión las costumbres del animal que persigue” (Maffesoli, 1997, p. 165), esta metáfora es empleada por Maffesoli para devolverle a la observación la dignidad que le corresponde y para asegurar que antes que nada “hay que saber, poniéndose uno en el lugar de lo que observa” (p. 165). Guillermoprieto sigue esta misma línea y afirma convencida que “para escribir sobre la guerra hay que ir al frente, para escribir sobre la cumbia hay que bailarla, para escribir sobre los pobres hay que compartir con ellos la pobreza de su mesa, de su casa, de su vida” (1996, p. 61).

Las anteriores concepciones relativizan la pretención, común a la cientificidad moderna, de la objetividad, de la distancia, y hacen referencia especialmente a ese deber ético y moral que tiene el investigador –mencionado por Kapuscinsky- de acercarse a su objeto, sin dominarlo y sin sumirse a él, en una relación que Berger designa como“colaborativa”.

Ese reconocimiento de la igualdad que existe como sujetos entre el investigador y el personaje, permite que el primero vea a través del segundo y que este último exprese su voluntad de ser escuchado, de ser visto. Patricia Nieto describe con emoción ese momento del trabajo de campo como la posibilidad que tiene el investigador de “ver a través de la voz de otro el hecho que no pudo presenciar; escuchar a través de la voz de otro el sonido que no pudo apreciar; distinguir a través de la voz de otro los rasgos físicos de quien no pudo ver; presentir a través de la voz de otro el dolor” (2007, p. 8).

La cronista mexicana, Elena Poniatowska, reconocida por su compromiso con la denuncia de las condiciones de miseria, opresión y marginación de su país, revela con pasión y orgullo que es subjetiva y emocional y que incluye todo en lo que escribe, “las palabras, las miradas, diálogos, descripciones objetivas y subjetivas, observaciones que creo sesudas, monólogos interiores, mis propios sentimientos e impresiones, ¡cuántas impresiones y cuántos recuerdos!, la torpeza de mis buenas intenciones, el rechazo de mis entrevistados” (2012, p.5).

¿Qué sería de reportajes como La isla de Sajalín o 300 días en Afganistán sin las interpretaciones y miradas personales que los autores fueron construyendo a medida que avanzaban en el conocimiento y narración de las sociedades en las que se encontraban? ¿Qué valor tendría El hombre que cae de Tom Junod sin las conexiones que entrega el autor para hacernos entender que lo que sabemos del hombre de la foto “se convierte en una medida de lo que sabemos sobre nosotros mismos” (Junod, s.f., p. 25)?

La pasión, transversal a nuestras relaciones sociales y palpable en los relatos de escritores y periodistas comprometidos como Chéjov, Kapuscinsky, Poniatowska, Nieto, Simerman y Junod, obliga al trabajo intelectual a integrar “una descripción poética que se asemeje a la creación social tal como esta se expresa en la “preocupación por uno mismo”, la efervescencia de la moda, la búsqueda de la calidad de vida, los encuentros pasionales y otras formas de hedonismo, del que la vida corriente nos ofrece abundantes ejemplos. Es evidente que todo esto, que ya no podemos aislar en el margen, implica un estilo de análisis que sea congruente con el estilo mismo con que está formada la sociedad de este fin de siglo” (Maffesoli, 1997, p. 161).

Esa ‘descripción poética’ mencionada por Maffesoli podría fácilmente asociarse con el ‘descubrimiento’ que Tom Wolfe señaló en su texto El nuevo periodismo: “en un artículo, en periodismo, se podía recurrir a cualquier artificio literario, desde los tradicionales dialoguismos del ensayo hasta el monólogo interior y emplear muchos géneros diferentes simultáneamente, o dentro de un espacio relativamente breve…para provocar al lector de forma a la vez intelectual y emotiva” (1976, p. 26).

El reportaje, ese relato colectivo sacado de la vida misma, nutrido de observaciones y de descripciones, producto de una investigación rigurosa, no podría ser el instrumento que es para construir la memoria de una sociedad, sin el balance entre los hechos, los personajes y la mirada creativa que hace el autor, un autor que en palabras de Shitao -refiriéndose al papel del pincel en la pintura-,  logra “salvar las cosas del caos” (Berger, 2004, p.22).

REFERENCIAS

Aguirre, Natalia (2004). 300 días en Afganistán. El Malpensante, (53), Marzo-Abril de 2004. Bogotá.

Berger, John (2004). Unos pasos hacia una pequeña teoría de lo visible. En: El tamaño de una bolsa. Madrid: Taurus.

Chéjov, Antón (2005). Unos buenos zapatos y un cuaderno de notas. Cómo hacer un reportaje. Edición Piero Brunello. Barcelona: Alba Editorial, s.l.u.

Discurso de apertura del “Encuentro Nuevos Cronistas de Indias 2”, organizado por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes -Conaculta- y la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano -FNPI-, el miércoles 10 de octubre de 2012.

Guillermoprieto, Alma. (1996, 26 de febrero).  El reportaje. Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), Cartagena de Indias, Colombia.

Junod, Tom (s.f.). El hombre que cae. [En línea]. Disponible en: http://bicentenario.fnpi.org/meterailes/el_hombre_que_cae.pdf [Consultado el 3 de abril de 2013].

Kapuscinski, Ryszard (2002). Los cínicos no sirven para este oficio. Bacelona: Editorial Anagrama.

Kapuscinski, Ryszard (2007). Encuentro con el otro. Barcelona: Editorial Anagrama.

Maffesoli, Michel (1997).  Elogio de la Razón sensible: una visión intuitiva del mundo contemporáneo. Capítulo 5. La Fenomenología; capítulo 6. La experiencia; capítulo 7. La iluminación a través de los sentidos. Barcelona: Paidós.

Monterroso, Augusto (1994). Leopoldo (sus trabajos). Obras completas y otros cuentos. Grupo Editorial Norma.

Nieto, Patricia (2007). El asombro personal. [En línea]. Disponible en: http://escrituracreativa08.blogspot.com/2009/06/cronicas-el-asombro-personal-patricia.html [Consultado el 27 de abril de 2013].

Wolfe, Tom (1976). El Nuevo Periodismo. Barcelona: Editorial Anagrama.

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