Reflexiones del oficio

Kapuscinsky: ¡todo en uno!

Ryszard_KapuscinskiLeer a Riszard Kapuscinsky es casi una obligación si se quiere conocer a los grandes periodistas de nuestra historia. Él, con su manera de concebir el periodismo como una misión, integra la excelente prosa de un Gay Talese o de un Truman Capote, y la rigurosidad investigativa y el compromiso social de un Günter Wallraff.

Los integra y los supera, sin duda.

Pese a que no escribe novelas porque asegura no tener el talento, ‘el señor K’, con su nuevo género literario llamado “texto”, ha logrado –como ningún otro escritor o cronista- traducir aquellas culturas que no quieren conocer los autores consagrados y mucho menos los periodistas desprovistos de tiempo de nuestra época.

Sus textos, que no son el reportaje típico pero que tampoco son ficción, están cuidadosamente estructurados para que rebasen la simple descripción y se conviertan en  relatos que inciten a la reflexión y al pensamiento. En cada uno de ellos hay un claro propósito del autor de acercar a sus lectores a la comprensión, al entendimiento de un Tercer Mundo que es mayoritario pero que ha sido culturalmente reducido.

Kapuscinsky era un un viajero, un periodista y un traductor de tiempo completo. Nunca se transformó en otro como Wallraff para comprender lo que pasaba, pero sí dejó a su familia por largos años con el fin de encontrarse con los Otros, de entenderlos, de vivir lo que ellos vivían para transmitirlo.

La gran enseñanza que me deja Kapuscinsky después de leerlo es que solo es posible ser alguien en el periodismo cuando este se toma como una apuesta personal, siguiendo las convicciones que nos guían y dejando nuestra marca de agua en cada trabajo.

Este periodista polaco entendió que las noticias de 600 u 800 palabras que telegrafiaba a diario sobre la vida y la guerra en África no abarcaban la totalidad de una realidad compleja, y por lo tanto, terminaban siendo verdades a medias. Su apuesta periodística se fundamentó en consagrar su vida a la escritura de todas esas experiencias, historias y testimonios que iba recogiendo en cada uno de sus viajes, con el propósito de serle fiel a sus lectores.

Pero esa fidelidad ha sido puesta en duda una y otra vez por sus críticos, quienes aseguran -con la intención de desacreditarlo-, que Kapuscinsky inventaba testimonios y sucesos en sus relatos, es decir, que este referente del periodismo le faltaba a su ‘religión’. Pero otros no condenamos dicho ‘pecado’  y por el contrario estamos convencidos de que es imposible ser exacto en la narración de una u otra realidad, tanto porque la reportería siempre será inacabable, como por el tamiz que le impone a la escritura ‘las cicatrices que lleva a cuestas’ el reportero.

“Ébano” parece un libro de historia sobre África delicadamente narrado por un abuelo que recuerda cada detalle con presición, “El Imperio” es un texto que pese a su tono gris deleita por las experiencias y encuentros del autor con la difícil realidad de la Unión Soviética y las promesas fallidas del comunismo, y “El emperador” es uno de esos libros que se leen como una novela así no hayan sido catalogados como tal, en él cada testimonio que recoge Kapuscinsky encaja como la pieza perfecta del rompecabezas que quiere y tiene el permiso de construir.

‘Construir’ es el verbo clave en el periodismo de Kapuscinsky: Sus textos son el resultado de un fructífero encuentro entre una cuidadosa reportería, una profunda investigación documental y el empleo de ‘cualquier artilugio’ literario que le permite transmitirle a sus lectores -de la mejor manera posible-, una realidad ajena y fragmentada que pocos como él se han atrevido a investigar.

Después de leerlo, cualquiera que pretenda ser periodista tendrá al menos la convicción de que inventando o no, el mundo está ahí para que lo narremos, y que solo quienes lo hagan en sus propios términos podrán decir que fueron fieles a este oficio de grandes escritores y de invaluable importancia en todas las sociedades.

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