Reflexiones del oficio

Conociendo las hazañas de un ‘periodista héroe’

Caricatura sobre Günter Wallraff.

Caricatura sobre Günter Wallraff.

Estaba navegando en internet como de costumbre. No recuerdo cómo y por qué llegué a la Agenda de la Revista Arcadia.com, lo cierto es que en el titular de la noticia había un nombre que me resultaba conocido:

Günter Wallraff en Bogotá

El polémico periodista de inmersión alemán Günter Wallraff, estará conversando con Astrid Harders en la Feria del Libro.

LUGAR: Corferias, Auditorio León de Greiff, 28 de abril de 2013. La charla se centrará en su experiencia de “ser otro para comprender”, frase que capta su trabajo como periodista de inmersión.

¡Wallraff! ¡Sí! Era el mismo periodista que habíamos acordado leer en clase, pero todavía faltaban varias semanas para abordarlo, razón por la que el anuncio de su visita a Bogotá no llamó mucho más mi atención en ese momento.

En realidad a Wallraff no lo conocía, tan solo había escuchado su nombre y una que otra de sus hazañas periodísticas. Hazañas que, definitivamente, solo pueden dimensionarse con la lectura de sus textos, donde siempre queda plasmada la complejidad de interpretar tal o cual personaje, los miedos y angustias de ese ‘valiente’ que está representándolos, los riesgos de olvidarse por mucho tiempo de ser uno mismo y las batallas ganadas después de que la información obtenida es de conocimiento público.

Si hubiese leído “Cabeza de turco”, “Negro sobre blanco” y “Sobre el arte de los grandes titulares. Wallraff, alias Hans Esser, periodista en Bild” antes de encontrar el anuncio en Arcadia, seguro habría deseado estar en Bogotá el 28 de abril para poder escucharlo.

Puedo imaginármelo en el Auditorio León de Greiff respondiendo esas preguntas que seguro le han hecho una y otra vez en tantos idiomas. A mí, sentada en primera fila, me correspondería hacer la pregunta ‘tipo reina’ de la noche: “Admirado señor Wallraff, ¿si fuera colombiano, qué aspecto de la realidad le gustaría ‘desenmascarar’ e interpretando qué papel?”.

Esta pregunta -a simple vista absurda por el comprensible desconocimiento de Wallraff sobre la realidad colombiana-, solo es válida porque es Wallraff quien la inspira, porque no hay nadie que se haya atrevido a hacer lo que él ha hecho y porque después de leer sus investigaciones quedamos con la licencia de querer uno como él en nuestro país, con ese mismo compromiso social, aunque sepamos que no va a durar mucho o, que si le va muy bien, terminará exiliado.

Pero así Wallraff no pueda respondernos dicha pregunta, nosotros -quienes lo hemos leído-, sí podemos intentar dar con una o varias respuestas, sin importar que se alejen un poco de la realidad y sean motivadas sencillamente por el deseo.

Este periodista alemán de 69 años, en Colombia, habría sido simpatizante de la Unión Patriótica y, por ende, no descansaría hasta desenmascarar la crueldad de un genocidio amparado por el Estado. Es seguro que algo se le hubiera ocurrido para llegar a esas instancias del poder donde se definen el presente y el futuro del país y para revelar lo que allí se fraguaba. También puedo imaginármelo haciendo carrera militar con el fin de destapar el modus operandi de los falsos positivos, o en la selva colombiana, integrando un frente guerrillero para comprobar cómo puede degradarse la lucha comunista.

Wallraff es diferente, su periodismo es sugestivo y transformador, por eso –insisto-,  no es extraño querer inventarnos uno como él para que destape cada carrusel de la realidad colombiana.

La primera de sus aventuras que conocí fue la de transformarse por dos años en turco para comprender las humillaciones y odios que tienen que soportar los extranjeros en Alemania. Su escritura me pareció muy simple y llegué a preguntarme si había alguna magia que la traducción había estropeado. Sin embargo, todo el texto conservaba ese tono directo y sobrio que más tarde entendería que lo caracterizaba. Mientras leía el recuento de su paso por Mac Donalds, pensaba en un Gay Talese o en un Truman Capote contando de manera detallada esa historia de explotación y pésimas condiciones laborales, pero había un punto a favor de Wallraff que no puedo omitir y que me engancharía completamente a sus demás relatos: la documentación.

Sus historias desenmascaran unas realidades muy complejas sin tener que apuntar a tocar las fibras de los lectores con descripciones detalladas de atmósferas, comportamientos y sensaciones. Wallraff va al grano: cuenta cómo fue su transformación y qué lo motivo a emprenderla, entrega información documental precisa y narra de manera directa la realidad del personaje que está interpretando.

El método Wallraff, que consiste en transformarse en otro para conocer mejor la realidad, rompe definitivamente con las barreras de la inmersión y se convierte en una apuesta personal. A la luz del ABC del periodismo tradicional, lo que hace este periodista alemán es definitivamente una aberración, porque engaña para obtener la información; pero para quienes estamos convencidos de que el periodismo no tiene fórmulas, el de Wallraff es uno realmente comprometido con el cambio social y la verdad.

En “Negro sobre blanco” y en “Sobre el arte de los grandes titulares […]” Wallraff reafirma sus concepciones ideológicas y su compromiso por ‘un mundo mejor’, respondiendo a dos de los debates eternos del periodismo: ¿todo periodista debe ser neutral?, ¿la labor del periodismo consiste en informar, en educar, en transformar a la sociedad?

El asunto de la neutralidad ha sido una de mis grandes angustias en mi proceso formativo. Creí por mucho tiempo que estaba en lo correcto al no inclinarme por ningún bando a la hora de informar, yo estaba en el medio, buscaba una triangulación de fuentes y como resultado era una buena periodista. Pero con el tiempo se me quebró el espejo y me fui dando cuenta que los mejores son aquellos que escriben desde una posición ideológica y política clara. Me lo demostró Wallraff y me lo reconfirmó Kapuscinsky. De ahí la elección de sus temas y el compromiso y profundidad con que los abordan.

De sus convicciones ideológicas se desprende también la respuesta a la pregunta por la labor del periodista. Wallraff, decididamente comunista, cree que es posible un cambio y que la solución está en ‘destruir el sistema’,  por eso su misión –más que ser la de todo periodista- se convierte en una apuesta personal por un mundo mejor.

El periodista informa y espera que su trabajo sea una herramienta de los ciudadanos para tomar decisiones, pero no tiene que aguantarse malos tratos y humillaciones para obtener dicha información, no debe dejar a un lado su vida por servirle a la sociedad y no puede tampoco pretender ser un héroe como Wallraff, que quiere transformar la realidad ‘desenmascarándola’. Esta misión, más que obedecer a tal o cual profesión, es definitivamente una elección personal.

De Wallraff me inquieta que sea consciente de sus limitaciones y que no muestre grandes deseos por ‘superarlas’. Él sabe por ejemplo que con su método puede conocer las humillaciones y odios que tiene que soportar un extranjero en su país, pero tiene claro también que no ha llegado a saber cómo lo asimilan ellos. Entonces, ¿por qué no buscarlos y entrevistarlos para llenar dicho vacío? Quizás sus textos se vean más enriquecidos aún con la inclusión de esos testimonios y él no ha podido notarlo por el convencimiento que tiene de la efectividad de su método, por no contemplar las otras posibilidades que le ofrece ese periodismo que para él es tan tradicional.

Los trabajos de Wallraff, de inicios y finales flojos pero de contenidos invaluables, son fundamentales en cualquier sociedad.  No solo porque destapan grandes escándalos y logran cambiar situaciones injustas, sino porque también nos enseñan en qué estamos fallando como personas: ya no nos tomamos el trabajo de mirar a los demás a los ojos ni de escucharlos, algo tan sencillo como para ‘desenmascarar’ a un Günter Wallraff.

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