Reflexiones del oficio

Gay Talese: el obsesivo y perfeccionista escritor de cuentos sobre la vida real

Young Gay Talese

Gay Talese quedó conmocionado al enterarse de que su colega Tom Wolfe escribía 12 páginas diarias mientras a él le tomaba un par de días tener cinco o seis oraciones en grandes mayúsculas. “¡Eso me dejó K.O.! ¡Me asombró! Yo apenas hago lo mejor que puedo todos los días”. Ni qué decir de lo que pasó por su cabeza cuando se percató que John Updike publicaba 10 novelas en el tiempo en que él no había hecho nada. “Me gustaría ser sobrehumano como él, pero no lo soy”. Esta reacción del autor de Frank Sinatra está resfriado -una de las crónicas insignes de la revista Esquire- ante las destrezas creativas de Wolfe y Updike, no toma por sorpresa a sus lectores, quienes después de sumergirse en las películas de pequeños detalles que crea Talese, terminan siempre con la incógnita del tiempo que le tomó reportear y finalmente escribir el guión de cada una de sus historias.

Conmoción, turbación o asombro. No hay otra manera de nominar la sensación de haber hecho un completo recorrido por las calles de Nueva York de la mano del periodista de Ocean City al terminar de leer sus Jornadas de Hallazgos Casuales, o al descubrir que la crónica sobre Sinatra la escribió sin conversar con él, tan solo observándolo y contemplando a quienes lo rodeaban. Pero la sorpresa es mayor cuando en Talese encontramos a un periodista de la vieja escuela que en ningún momento intenta romper con las técnicas reporteriles tradicionales, que observa y que escucha –habilidades que heredó de su madre-, que entrevista, que frecuenta, que es más visual que verbal, que está profundamente interesado en el cuidado de los hechos y que tiene como único artilugio a la hora de escribir lo observado y lo escuchado para crear un cuento sobre la gente, sin cambiar sus nombres reales.

Tom Wolfe se obstinó en nombrar a Talese como uno de los padres del Nuevo Periodismo después de leer su artículo sobre “Joe Louis: el Rey hecho hombre de edad madura”, y esta denominación -que el mismo Talese ha insistido en no merecer porque sus trabajos se cimentan en los tradicionales trotes investigativos-, devela la magia que puede encontrarse en sus relatos: construcción escena por escena, empleo de diálogos realistas, uso del punto de vista y la inclusión de detalles simbólicos que dan cuenta del estatus de la vida de las personas.

En la “literatura de la realidad” que propone Talese hay una resolución elegante, una dimensión estética que otros periodistas como Truman Capote –también incluido en el descubrimiento de Wolfe-, estaban decidios a exhibir. Capote insistía en “querer realizar una novela periodística, algo a gran escala que tuviera la credibilidad de los hechos, la inmediatez del cine, la hondura y libertad de la prosa, y la precisión de la poesía”[1].

Estos dos escritores estaban separados por sus estilos de vida y sus métodos para realizar la reportería -Talese tranquilo y curioso, Capote excéntrico y fisgón-, pero a su vez se hallaban unidos por el deseo de ejercer el periodismo como forma artística. Las posibilidades de narrar que ofrecía el cine los embriaga. Talese afirma que piensa en términos de cámara para que todo funcione visualmente. “Quiero libertad para moverme y dar al lector bastantes cosas diferentes que mirar. No quiero puros primeros planos, como en un documental. Quiero interacción, conversación, conflicto”[2].

En sus crónicas sobre Nueva York, la ciudad de cosas inadvertidas, de hombres sin rostro y de vecindarios en los que nadie tiene ningún vecino, de comités y de manifestaciones, de señoras ligeras de ropa en las ventanas y de voyeurs que las espían; en sus historias de la ciudad para excéntricos, excitante, esquizofrénica, sucia y de frustraciones, hay múltiples ejemplos de Talese pensando como cámara, en este caso haciendo un plano picado de la Octava Avenida: “es una calle triste cuyas luces de neón oscilan por encima de la caspa de los barman, enfocan a prostitutas que fuman, a gorros de marineros y a botellas de cerveza que a veces se hacen añicos contra los tocadiscos y atraen a los policías que dicen: ‘Está bien, está bien, ¡basta ya¡’”[3].

Este tipo de procedimientos es recurrente en los textos de Talese, no hay que olvidar que su escritura parte de la creación de escenas. Hay una magistral al inicio de La mujer de tu prójimo, donde deja emerger en su máxima expresión la escritura pensada como una película. Comienza con un plano detalle de una imagen que estaba en una revista, pasa al plano general medio de un jovencito de diecisiete años que la sostenía en sus manos, luego hace uso de un plano subjetivo para mostrar de qué manera el colegial contemplaba la imagen y finaliza con un plano general de la esquina donde estaba ubicado el quiosco en el que el adolescente compró la revista, plano que le sirve además para presentar la tarde fría y ventosa de ese día y al chico absorto en la revista y ajeno a las perturbaciones de la ciudad.

Las pretenciones de Talese eran las mismas que tenía Capote. En El duque en sus dominios hay un episodio que demuestra la preocupación de este último por dirigir la escena y lograr que sus lectores vean la acción y los acontecimientos como si fueran el personaje mismo, en este caso, Marlon Brando acostado sobre su cama mirando hacia el techo:

Una vez que encontró los cigarrillos encendió uno y se desplomó sobre el camastro. Gotas de sudor rodeaban su boca. La estufa eléctrica zumbaba. Era una habitación tropical, uno podría haber cultivado orquídeas allí. Arriba, los murmullos del Sr. y la Sra. Buttons habían recomenzado, pero Brando aparentemente había perdido interés en ellos. Estaba fumando, pensando[4].

Los ‘nuevos periodistas’ -que en la mayoría de los casos se rehúsaban a ser encasillados en semejante descubrimiento-, estaban provocando intelectual y emocionalmente a sus lectores, y eso era algo que ocurría pocas veces por esa época en las salas de redacción estadounidenses. Meyer Berger, ganador del Premio Pulitzer de Crónica en 1950 con El día de locura de Howard Unruh, logró un relato ejemplar sobre la masacre en East Camden perpetrada por el joven exmilitar y creyente Howard Unruh. Su minuciosidad con los detalles da pie para asegurar que no se le escapó ninguno, pero la estructura lineal que eligió para escribir la historia termina convirtiéndola en una más de aquellas que se publicaban hasta finales de la década del cincuenta. En manos de Talese o Capote, ese día de locura de Unruh sí que habría sobresaltado a sus lectores.

Lo más cercano en Colombia (desde mi experiencia) a ese periodismo de Talese que puede dar cuenta de que el pene de John Bobbit cersado por su esposa Lorena “voló cinco metros y cayó sobre la maleza que medía 25 centímetros”, es el Relato de un naúfrago “que estuvo diez días a la deriva en una balsa sin comer ni beber, que fue proclamado héroe de la patria, besado por las reinas de belleza y hecho rico por la publicidad, y luego aborrecido por el gobierno y olvidado para siempre”, relato que publicó Gabriel García Márquez por entregas en El Espectador en 1955 y que era tan minucioso y apasionante que el único problema literario que le representó al escritor fue hacer que el lector lo creyera.

Las veinte sesiones de seis horas diaras en las que el premio nobel de literatura colombiano tomaba notas y le hacía preguntas tramposas al famoso náufrago para detectar sus contradicciones, dieron lugar a una historia que parecía ficción. Para Talese ese es el resultado de excavar lo suficiente dentro de los personajes, “éstos se vuelven tan reales que sus historias adquieren un aire imaginario. Yo aspiro a evocar la corriente ficcional que fluye bajo el río de la realidad”[5].

En el periodismo de Alfredo Molano, para quien “escuchar es una manera olvidada de mirar”, también pueden rastrearse cualidades que caracterizan a Talese, como esa asombrosa habilidad para hacer semblanzas de personajes sin haber cruzado una sola palabra con ellos. Molano lo hace de manera excepcional en Trochas y Fusiles con Melisa, una guerrillera caleña a quienes los lectores conocen gracias a los múltiples testimonios de los demás combatientes; Molano nunca habló con ella, así como Talese no pudo hacerlo con Frank Sinatra –por el recelo de este frente a la prensa- y con Muhammad Ali –por las dificultades del idioma-. Pero lo que a simple vista parece una impedimento, termina convirtiéndose en un potencial de virtudes que solo un periodista agudo y amante de la observación puede canalizar. La de Sinatra es “la mejor historia jamás publicada en Esquire”, por eso no sorprende que Talese se tome su tiempo para reportear y para escribir. Sus resultados son los que le otorgan esa licencia.

Alguna vez, en una reunión de ex alumnos a la que asistió, sus antiguos compañeros lo describieron como un ser “de otro mundo”. En ese momento lo hicieron por la timidez que lo caracterizaba. Ahora, muchos periodistas y escritores lo califican igual, pero no por su modestia, sino por su capacidad de penetrar en la vida de sus personajes y hacer que sus lectores los vean desde adentro, con un estilo sin pretenciones -que aunque cercano a la literatura- no deja duda de su veracidad.


[1] Capote, Truman (1988). Música para camaleones. Barcelona: Editorial Anagrama.

[2] Boynton, Robert s. (2005). El taller de Talese. El Malpensante, (65). Septiembre-Octubre.

[3] Talese, Gay. Nueva York: una jornada de hallazgos casuales. En: Vida de un escritor.

[4] Capote, Truman. El duque en sus dominios. [En línea]. Disponible en: http://esnobgourmet.com/2012/03/19/el-duque-en-sus-dominios-marlon-brando-segun-truman-capote/

[5] Boynton, Robert s. (2005). El taller de Talese. El Malpensante, (65). Septiembre-Octubre.

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