Cine

Una comedia para siempre

Some-like-it-hot

Justificar la transformación de dos músicos fracasados en la saxofonista y en la contrabajista de una orquesta femenina de Jazz -en plenos años treinta en los Estados Unidos-, parecería una empresa imposible que solo genios del cine como Billy Wilder podrían plasmar en el papel, para luego llevar con rotundo éxito a la pantalla grande.

Wilder se traslada a la Chicago de 1929 y encuentra, en medio del consumo de licor ilegal y el crimen organizado, la mejor razón para que Joe (Tony Curtis) y Jerry (Jack Lemmon) terminen viajando, junto con Sugar Kane (Marilyn Monroe), hacia Florida como dos integrantes más de la Orquesta de Sweet Sue (Joan Shawlee), después de haber sido testigos de la masacre más famosa de la historia de la mafia, la masacre del Día de San Valentín.

Este director de cine y productor estadounidense de origen austriaco, compone en Con faldas y a lo loco (Some Like it hot, 1959), una comedia que logra -a pesar de iniciar con una secuencia de Cine Negro al mejor estilo de Scarface-, que el público se divierta de principio a fin, con un humor que introduce temas muy atrevidos para ese entonces –como el travestismo- y que nadie mejor que los personajes protagonistas pudo haber interpretado.

La secuencia de Cine Negro mencionada, con la que arranca la película y que termina siendo la mejor justificación para la transformación de Joe y de Jerry en Josephine y Daphne respectivamente, toma un hecho histórico como la masacre del Día de San Valentín, ordenada por el reconocido mafioso Al Capone contra una banda rival, la familia Moran, y parodia algunos detalles reales y característicos de la vida de los gánsters, como por ejemplo el hecho de que la masacre no sucediera en la noche –distinto a como lo recreó siempre el Cine Negro-, sino en el transcurso de la mañana.

“The most comedy ever made. The biggest comedy ever made. The hottest comedy ever made” fue la convicción que tuvo Wilder con su película y quizás estuvo tan seguro de ello porque en su rodaje y postproducción no descuidó ningún detalle.  Qué mejor imagen para introducir la Chicago de 1929 que ese ataúd lleno de botellas de licor custodiado por unos típicos gánsters de la época, una imagen que ilustraba de la mejor manera la ciudad que en medio de la Gran Depresión económica, presenció la clandestinidad e hipocresía de una sociedad dominada por grandes mafias y cohibida por la famosa Ley Seca, que prohibió todo lo que involucrara la fabricación y el consumo de bebidas alcohólicas.

Después de presenciar el falso puritanismo de la época ejemplificado en la ciudad de Chicago, Wilder nos traslada a Florida, donde la calidez de su clima hace que la película deje a un lado la oscuridad propia de las escenas de gánsters para darle paso a una comedia iluminada por los divertidos y exactos diálogos de los personajes. La naturalidad con que Jerry acoge a Daphne e interioriza su papel de mujer a tal punto de consentir un matrimonio con el carismático Osgood Fielding III (Joe E. Brown), la frialdad de Joe fingiendo ser Shell Oil, el millonario impotente de los sueños de Sugar y la capacidad de esta última para verse sensual, hábil, ingenua e indefensa al mismo tiempo, son cualidades que hacen de esta comedia un verdadero clásico del cine.

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