Reflexiones del oficio

Una historia de vidas atravesadas por la muerte. A propósito de los bombardeos atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki

Tomás Eloy -

En los meses de junio y julio de 1965 el periodista argentino Tomás Eloy Martínez viajó a las ciudadades de Hiroshima y Nagasaki. Se acercaba la conmemoración del vigésimo aniversario del estallido de las dos bombas atómicas que destruyeron ambas ciudades japonesas, y el escritor, oriundo de Tucumán, llegó con la referencia documental de muchos libros –más sobre Hiroshima que sobre Nagasaki- y con la impresión que le había generado la película ‘Hiroshima mon amour’ del director Alain Resnais, donde el cáncer en las víctimas y la ruptura de la tradición en los matrimonios le habían indicado la desdicha a la que estaban condenados los sobrevivientes de la tragedia (Torrado, Santiago, julio 30 de 2005, semana.com).

Pero al igual que Leopoldo el protagonista del cuento de Augusto Monterroso (1994), Tomás Eloy Martínez tenía muy claro que “observar a las personas le sirve más a un escritor que la lectura de los mejores libros” (p. 55). Desde el momento en que pisó los húmedos suelos japoneses a causa de la inclemente lluvia que lo acompañó hasta el último día de su visita, el autor de ‘Los sobrevivientes de la bomba atómica’ se dedicó a observar los simbolismos presentes en los lugares que conoció –parques y monumentos por la paz, hospitales, barrios, universidades-, y a emprender un encuentro dialogado con los protagonistas, que no podían ser otros que las víctimas.

Existe mucha literatura sobre la tragedia que reafirmó todo el daño que desde el poder se puede hacer contra la humanidad. La ocupación estadounidense prohibió el ingreso de reporteros a las ciudades devastadas, sin embargo el periodista y escritor norteamericano John Hersey logró estar durante tres semanas en Japón a pocos días de cumplirse el primer año de la catástrofe. Su relato, que no era el primero en hablar sobre la bomba atómica, sí fue el único que hasta ese entonces abordó la perspectiva de las víctimas y ahondó en su sufrimiento (Torrado, Santiago, julio 30 de 2005, semana.com).

El impresionante reportaje de Tomás Eloy Martínez publicado en L’express en 1965 se concentra -al igual que el libro de Hersey-, en los gembakusho o sobrevivientes de la bomba atómica, un relato impactante y conmovedor de dos poblaciones con un futuro que parece no venir y con un pasado que no se va.

El autor va más allá de la descripción de lo que vio –su presencia en el texto es muy tenue-y logra un relato rico en testimonios que reconstruye minusiosamente dos hechos fundamentales en las vidas de los habitantes de Hiroshima y Nagasaki: el instante en que ambas ciudades fueron quemadas por ‘mil soles’ y las consecuentes transformaciones en las vidas de los sobrevivientes, que veinte años después no consiguen ser los mismos.

En una conferencia pronunciada ante la asamblea de la SIP en Guadalajara, México, titulada ‘Periodismo y narración: desafíos para el s. XXI’ (1997, 26 de octubre), Martínez asegura que el periodista es ante todo “una voz a través de la cual se puede pensar la realidad, reconocer las emociones y las tensiones secretas de la realidad, entender el por qué y el para qué y el cómo de las cosas con el deslumbramiento de quien las está viendo por primera vez” (p.5). Esta fuerza que el autor le otorga a la narración explica el porqué de su presencia sutil en el relato, en ningún momento es un agente pasivo que se dedica a observar la realidad y a comunicarla, todo lo contrario, con su investigación rigurosa, la universalidad presente en los testimonios de sus personajes y el empleo de un lenguaje creativo, logra provocar intelectual y emotivamente al lector, un lector que en sus palabras tiene una avidez de conocimiento que no se le sacia con “golpes de efecto sino con la narración de cada hecho dentro de su contexto y sus antecedentes” (Martínez, 1996, 11-15 de marzo, p.6).

Si hay algo que recalca Tomás Eloy Martínez en la escritura de un reportaje es el cuidado en la arquitectura de la narración. La frase inicial, “que debe agarrar al lector de la solapa y no soltarlo del cuello” (Meneses, 2004, p.6) debe tener una importancia vital. En el caso de  ‘Los sobrevivientes de la bomba atómica’ hay una acertada decisión del periodista de llevarnos de la mano de una historia casi lírica, la de los Kada, unos pobladores japoneses que destilaban vino, tejían esteras y habían perdido a su abuela por un eclipse que ella aterrada decidió enfrentar:

Se tendió sobre la tierra y contempló la declinación del sol con firmeza y disgusto, sin apartar la vista. Poco a poco el viento se aplacó, los animales quedaron sumidos en un silencio de fantasma y, durante una eternidad implacable, la oscuridad fue absoluta. De pronto, el sol se asomó de nuevo detrás de la luna. El primer rayo encegueció a la abuela Kada y la desmayó junto al tendedero. Despertó al día siguiente, tan débil del corazón y tan pasmada por su ceguera repentina que, después de contar con agitación lo que le había sucedido, murió veloz, como un pájaro (Martínez, 1998, pp. 189, 190).

Esta historia fabulosa continúa con la decisión de Makiko -única nieta de la abuela Kada- de crecer “desafiando la maldición del sol”. Ella fue quizás la única a quien el destello cegador de la bomba atómica la tomó preparada.  La de los Kada es la historia que nos introduce en ese momento de muerte, agonía y soledad que el 6 y el 9 de agosto de 1945 atravesó las vidas de los habitantes de Hiroshima y Nagasaki.

El rayo de luz que inendió todo se convierte en el leitmotiv de la historia. Cada personaje, desde su cama en el hospital, desde su hogar o desde su trabajo, se mueve entre el presente de su lucha por sobrevivir a las enfermedades que les dejó el desastre nuclear y el recuerdo de una cotidianidad que les fue arrebatada por un acontecimiento que no se puede reducir a una explicación lógico racional.

Martínez, como maestro de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, indicó en un Taller de Periodismo Narrativo (Meneses, 2004) que la ‘personalización’ es una de las claves de ese tipo de periodismo que se cuenta como la literatura. Los relatos de Makiko, Sadako Sasaki, Goro Tashima, la señora Ooe y la señora Katsuda, Yukio Yoshioka, el señor Michiyoshi, Nakushina, Suewo san y los demás, logran representar el sentimiento colectivo de olvido y resignación que padecen los sobrevivientes de la bomba atómica en ambas ciudades. Esta cualidad narrativa le permitió al autor hacer sorprendentes y sutiles conexiones dentro del reportaje que dan cuenta de la universalidad de las historias:

“Si Japón hubiera tenido la bomba, también la habría arrojado sobre su enemigo”, imaginaron la señora Ooe y la señora Katsuda en el hospital de Hiroshima. “Si la hubiéramos tenido… Pero no la tuvimos”, dijo el señor Muta Suewo en el hospital de Nagasaki. “Yo no quiero imaginar nada”, protestó en cambio, el señor Yukio Yoshioka, que tenía 15 años y estaba marchándose hacia el monte Hiji cuando lo envolvió el resplandor atómico. “Solo quiero quejarme de que la bomba mató a mi padre, y a mí me volvió inútil y estéril” (Martínez, 1998, p. 196).

Cuando los testimonios se instalan en el mes de agosto de 1945 el relato se llena de cielos iluminados y colores –porque de esa manera engañosa llegó la tragedia-, pero cuando el tiempo narrado es el presente, el tono de la historia adopta un atmósfera mucho más gris con una constante de días y noches pasados por el agua:

“Sienten la vida como un prolongado suicidio”, dijo el doctor Yasuo Nakamoto, director del hospital de Fukushima, el único de la comunidad, hace un par de domingos, mientras la lluvia formaba nuevos ríos en las callecitas cenagosas del barrio (Martínez, 1998, p. 199).

En Hiroshima fueron 80.000 los sobrevivientes y en Nagasaki 65.000. El empleo de las cifras es otra cualidad de este relato revelador. Para el autor las estadísticas muchas veces no dicen nada, pero otras, lo dicen todo. No significan nada cuando los 145.000 sobrevivientes no tienen rostros y voces que los representen, que muestren “sin resentimiento ni queja, como si fueran de otro, sus ojos vaciados por el increíble resplandor, sus espaldas abiertas en canal, sus manos apeñuscadas y detenidas en una quemadura (Martínez, 1998, p. 197). Pero los datos significan todo cuando nos enteramos que los que se salvaron son la sexta parte de la población completa en cada ciudad.

Los sobrevivientes son los protagonistas del relato de Martínez, pero el lugar común de este reportaje es la muerte. Una muerte que comenzó el día de la tragedia y que parece no tener fin, una muerte que muchos rechazan prefiriendo mirar hacia delante –como sucede con los cuentitos fugaces de historia en los colegios-, y que otros esperan con resignación y sin poder olvidar a causa de las secuelas físicas y mentales que se niegan a desaparecer.

A los sobrevivientes de la bomba “alguna oscura partícula de su condición humana les fue arrebatada aquel día de verano”, a quienes conocemos este reportaje, alguna dosis de conocimiento e indignación nos fue revelada en su lectura.

REFERENCIAS

Martínez, Tomás Eloy. (1996, 11-15 de marzo). Defensa de la Utopía. Discurso ofrecido en el Taller-Seminario Situaciones de crisis en medios impresos, dictado en Santa Fe de Bogotá del 11 al 15 de marzo de 1996.

Martínez, Tomás Eloy. (1997, 26 de octubre). Periodismo y narración: Desafíos para el siglo XXI. Conferencia pronunciada ante la asamblea de la SIP en Guadalajara, México.

Martínez, Tomás Eloy. (1998). Lugar común la muerte. Bogotá: Planeta.

Meneses, Juan Pablo. (2004, 10-13 de agosto). Relatoría del Taller de Periodismo Narrativo con Tomás Eloy Martínez. Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, Santiago de Chile.

Monterroso, Augusto. (1994). Leopoldo (sus trabajos). Obras completas y otros cuentos. Grupo Editorial Norma.

Torrado, Santiago. (2005, 30 de julio). La narración del horror. 60 años después de Hiroshima. [En línea]. Disponible en:  http://www.semana.com/on-line/articulo/la-narracion-del-horror/74447-3 [Consultado el 14 de mayo de 2013].

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